Desarrollo de las habilidades personales y emprendedoras a través de la ciencia y la astronomía

 

El valle desde otro ángulo

 

El objetivo de la caminata de hoy era ver las llamadas gargantas del río. Estas estructuras constan de dos barrancos a los dos lados del riachuelo durante su curso. Se forman por la erosión que causa el agua en la piedra caliza junto a los sedimentos que lleva. La excursión ha durado unas cuatro horas. Hemos caminado por las gargantas y hemos vuelto por el pueblo de Tighza.


Brahim, el guía, nos ha contado como se formó el Valle Feliz, una zona con mucha vegetación y vida. Lo que hace que estas tierras sean tan fértiles es que, hace millones de años, con el desprendimiento de una de las montañas del borde del valle, esta zona quedó cerrada y con una entrada de agua. El río llevó con él sedimentos y materiales ricos en minerales y creó un lago. Como resultado, cuando el agua se empezó a filtrar por una de las paredes y se vino abajo, quedó un valle con tierras muy fértiles y agua gracias al río que lo recorre.


A parte de los conocimientos adquiridos, este paseo ha servido para otras muchas cosas. En primer lugar y, como siempre, ha servido para unir y cohesionar el grupo. En este sentido, han surgido conversaciones entre gente que nunca había entablado una. Además, ha ido bien para reforzar los lazos que ya teníamos hasta ahora. En segundo lugar, en mi caso, me ha ayudado mucho para pensar y reflexionar sobre el trabajo de la ruta, cuatro horas dan para mucho. También ha servido para desconectar y jugar un poco entre nosotros con enigmas y juegos que hemos ido resolviendo por el camino. Por último, hacer ejercicio va muy bien para despejar la mente y mantenerte sano.

Robert Vila. Observatorio Astronómico de Albanyà.

Excursión por el Valle Feliz

 

Trabajar en nuestros proyectos y observar el cielo nocturno son las actividades científicas principales en la Ruta de las Estrellas 2019, pero tener tiempo para hacer actividades en grupo y de descubierta de los lugares por los que pasamos también es importante. Estos últimos días estamos alojados en Agouti, y hoy hemos hecho una excursión todos los veinte integrantes de la expedición, dirigiéndonos por el fondo del Valle Feliz. Ha sido un paseo de dos horas caminando hasta un pequeño pero cuidado albergue, donde el grupo se ha dividido: mientras algunos se han quedado en el albergue; otros, junto a los estudiantes, hemos subido a una colina que emerge en mitad del pueblo y en lo alto de la cual se encuentra un granero. El granero como protección. El granero como reliquia. El granero como curiosidad del pueblo, ya que esta construcción, de quinientos años de antigüedad, servía para guardar las riquezas de los habitantes en un lugar seguro. Al volver al albergue con el resto del grupo, hemos comido y hemos regresado deshaciendo el camino por el Valle Feliz.


Aunque parece un día de simplemente ocio, es cierto que hemos tenido momentos interesantes a nivel personal y grupal. Primero, y de forma inconsciente, hemos trabajado la planificación, dado que organizar bien el agua y lo necesario para la excursión es básico.


En segundo lugar, mientras caminábamos nos hemos cruzado con una mujer y su hija haciendo pan en un hornillo. Nos han ofrecido esta comida sin nosotros pedírselo, y hemos comprobado como un bajo nivel adquisitivo no influye en la predisposición a ayudar de las personas: muchas veces los que tienen menos son los más generosos. Tanto el encuentro con estas mujeres como con los habitantes del pueblo que nos cruzábamos nos han mostrado el contraste de culturas (la nuestra y la de los autóctonos) que llevamos viendo durante toda la expedición.
El camino ha continuado, y ha sido tiempo para charlar entre nosotros (no solo los ruteros sino todos los presentes en la expedición) y fomentar la cohesión del grupo.


Y finalmente, desde lo alto de la colina donde se encuentra el granero, hemos visto la increíble diferencia de paisaje que se vive en el valle: en mitad de un sitio seco y árido aparece agua, y esta trae vida y una zona verde de cultivo.
La verdad es que haciendo este comentario sobre el día de hoy vemos que no ha sido un ejercicio de superación grande. Hemos caminado cuatro horas, pero los poco más de cincuenta grados del desierto nos han hecho aprender y ser en definitiva más optimistas.

Nicolas Escobar. Programa Joves i Ciencia.

El calor

 

Como canguros saltan los todoterrenos por encima de las piedras del desierto de Marruecos, a setenta por hora deslizándonos por la arena como trineos y viendo como la carretera, que antes era de asfalto, se degrada poco a poco: primero en tierra, luego en piedras irregulares y finalmente en pequeños granos, donde no existen ni carriles ni direcciones a respetar. 

Al llegar al campamento, nos esperan varias jaimas, en las que no dormiremos por el calor que almacenan. Yo decido descansar sobre una pequeña duna, blanda y caliente. El viento sopla ligeramente como un pequeño horno. A veces llega a ser agradable y en otros casos genera molestia, pues viene acompañado del elemento más abundante del Sáhara. La noche avanza lentamente y poco antes de amanecer nuestro enemigo, emprendemos un camino inolvidable. Varias horas andando sobre las dunas como pequeñas hormigas, perdiendo la vista del campamento y de cualquier otra creación humana, a parte de nuestras pertenencias.


La salida del sol es impresionante. Un círculo perfecto anaranjado que crece palautinamente y se convierte, segundo a segundo, en un cazador hostil. Es impresionante ver que el astro que nos facilitó la vida, también es capaz de acabar con ella. A la hora de comer, calienta los cubiertos incluso en la sombra y muestra su poder con 51 grados de temperatura.

Por la tarde, la única solución que vemos es ducharnos constantemente con agua almacenada en un tanque dispuesto a pleno sol. Ardiendo el agua sobre la piel, reduce nuestra temperatura con el tiempo mediante la evaporación. El aire es más cálido que el cuerpo; cualquier brisa es un horno de estalactitas punzantes y nunca deseo tanto la oscuridad como en este día. Solo puedo agradecer a la madre naturaleza que un precioso cúmulo se enfrente momentáneamente a los rayos de nuestro sol.
Horas después del clímax solo arde la arena y el sol se retira para descansar. Cogemos dos tablas de snowboard para deslizarnos sobre las dunas. Sin embargo, nos interrumpe una suave tormenta que transporta un poco de arena. También vemos caer algunas gotas que en otro contexto no nos habrían transmitido esta alegría. Poco a poco, el cielo oscurece y nos preparamos para dormir un poco, pero teniendo en cuenta que el día anterior un amigo encontró un escorpión en su jaima, la noche ya no es tan agradable. Con dos bancos y unos taburetes intento que los escarabajos tengan más dificultad en alcanzar mi colchón. Finalmente, me despierto tras un sueño ininterrumpido, agradable y bello.
Una vez en marcha hacia otro destino con los cuatro por cuatro, tres burros cercanos a un pozo interceden en nuestro camino, obligándonos a parar para ayudarles. Cansados y aturdidos solo quieren una cosa: Agua.

Patrick Benito. Programa Joves i Ciencia.

Arena

 

Hoy partimos de un lugar al que muchos llaman infierno, también conocido cómo desierto del Sáhara. Pero para mí no fue solo un sitio donde sufrí un calor que pensaba que me fundía. También fue un sitio donde aprendí mucho. Descubrí que el ser humano hace todo lo que este en su mano para sobrellevar el sufrimiento y que los lugares más muertos están llenos de vida.


A nadie le gusta sufrir, el sufrir es una consecuencia biológica para protegernos de aquello que se sale demasiado de la zona de confort y que pueden ser dañinas. En nuestro caso sabíamos que sufriríamos hicimos lo que estaba en nuestra mano para sobrellevarlo. Realmente en la vida hacemos lo mismo, intentamos estar lo mínimo posible con aquello que no es agradable, buscamos la felicidad.


No es raro ir a visitar un lugar aparentemente vacío como pueden ser unas ruinas y ver como esta rebosante de vida. El Sáhara no deja de ser las ruinas de bosques y mares. Ahora la vida se ha abierto paso en ella y, a pesar de no revisar, impide la muerte del lugar. Creo que nosotros también debemos dar vida a aquello que aparentemente está en ruinas para así poder disfrutarlo.

Sergio Gómez. Programa Cellex