Desarrollo de las habilidades personales y emprendedoras a través de la ciencia y la astronomía

 

Sáhara

 

Conocer el Sáhara es un proceso. Cercano a ser confundido por paisaje extraterrestre, llegar a él ya supone un riesgo. Nuestra aventura empezó así: dejando atrás Ouarzazate y adentrándonos primero en un mar de piedra donde la temperatura aumentaba gradualmente. Poco a poco, las rocas fueron menguando, y el “track-track” del todoterreno se convirtió en un deslice sutil por la arena. Se empieza viendo arena, después se respira arena, y se acaba siendo arena. Y a excepción de este elemento, el paisaje se transforma en un no-nada.


Serpenteamos dunas, cada vez más altas y llegamos al campamento de khaymas donde pasaríamos dos noches. El primer contacto fue extraordinario, he de admitir que me dejó sin palabras. Mirase donde mirase, solo inmensidad. Y cuando percatas que ese infinito es inabarcable es cuando te invade una sensación de satisfacción total, la que experimenta un ser humano en ver que él mismo es insignificante.


Las dunas, grandes montañas de arena, son moldeadas por el viento día y noche. De apariencia cambiante y estables a la vez, abrasadoras y doradas por el Sol, y melancólicas y distantes bajo la Luna. Inclinarse ante ellas, reconocer su grandeza y superioridad sobre cualquier intento de domarlas es un ejercicio que hasta los más poderosos reyes han hecho a lo largo de siglos y siglos. Y ese tiempo pasado queda luego impregnado en la arena, en forma de quietud y serenidad. Pero es una simbiosis entre esta paz y una agresividad dorada, porque a medida que el día en el desierto avanza, primero se calienta la nariz; luego cuecen las cuencas de los ojos, y finalmente los labios se transforman en fuego. Es una contraposición de pobreza y riqueza, de vida y de arena, de dioses y hombres. I en medio de todo esto y de la Nada estás tú, admirando el paisaje y sintiendo que tanto dunas como calor se alzaron para que un día de agosto las pudieras contemplar. Es el yo-desierto y el desierto-yo. Y mientras acabo de escribir esto, me he acariciado la barbilla y aún he podido notar arena del Sáhara.

Nicolas Escobar. Programa Joves i Ciencia.