El calor

 

Como canguros saltan los todoterrenos por encima de las piedras del desierto de Marruecos, a setenta por hora deslizándonos por la arena como trineos y viendo como la carretera, que antes era de asfalto, se degrada poco a poco: primero en tierra, luego en piedras irregulares y finalmente en pequeños granos, donde no existen ni carriles ni direcciones a respetar. 

Al llegar al campamento, nos esperan varias jaimas, en las que no dormiremos por el calor que almacenan. Yo decido descansar sobre una pequeña duna, blanda y caliente. El viento sopla ligeramente como un pequeño horno. A veces llega a ser agradable y en otros casos genera molestia, pues viene acompañado del elemento más abundante del Sáhara. La noche avanza lentamente y poco antes de amanecer nuestro enemigo, emprendemos un camino inolvidable. Varias horas andando sobre las dunas como pequeñas hormigas, perdiendo la vista del campamento y de cualquier otra creación humana, a parte de nuestras pertenencias.


La salida del sol es impresionante. Un círculo perfecto anaranjado que crece palautinamente y se convierte, segundo a segundo, en un cazador hostil. Es impresionante ver que el astro que nos facilitó la vida, también es capaz de acabar con ella. A la hora de comer, calienta los cubiertos incluso en la sombra y muestra su poder con 51 grados de temperatura.

Por la tarde, la única solución que vemos es ducharnos constantemente con agua almacenada en un tanque dispuesto a pleno sol. Ardiendo el agua sobre la piel, reduce nuestra temperatura con el tiempo mediante la evaporación. El aire es más cálido que el cuerpo; cualquier brisa es un horno de estalactitas punzantes y nunca deseo tanto la oscuridad como en este día. Solo puedo agradecer a la madre naturaleza que un precioso cúmulo se enfrente momentáneamente a los rayos de nuestro sol.
Horas después del clímax solo arde la arena y el sol se retira para descansar. Cogemos dos tablas de snowboard para deslizarnos sobre las dunas. Sin embargo, nos interrumpe una suave tormenta que transporta un poco de arena. También vemos caer algunas gotas que en otro contexto no nos habrían transmitido esta alegría. Poco a poco, el cielo oscurece y nos preparamos para dormir un poco, pero teniendo en cuenta que el día anterior un amigo encontró un escorpión en su jaima, la noche ya no es tan agradable. Con dos bancos y unos taburetes intento que los escarabajos tengan más dificultad en alcanzar mi colchón. Finalmente, me despierto tras un sueño ininterrumpido, agradable y bello.
Una vez en marcha hacia otro destino con los cuatro por cuatro, tres burros cercanos a un pozo interceden en nuestro camino, obligándonos a parar para ayudarles. Cansados y aturdidos solo quieren una cosa: Agua.

Patrick Benito. Programa Joves i Ciencia.